No te elevarás
El Líder nos dijo que sería así. Que las puertas estarían cerradas, y que no debíamos preocuparnos. “El que duda, se duda”. “Y el que se duda, no se elevará”.
Estoy lleno, pero aun me quedan gachas en el cuenco. “Nada ha de sobrar, pues lo que sobra se desprecia, y el desprecio pesa tanto como el plomo”. “Aquel que desprecia, no se elevará”.
Me llevo otra cucharada a la boca y noto algo distinto. Recorro con la vista las mesas que me rodean sin levantar demasiado la cara. Nadie dice nada. Se limitan a terminar su cena en silencio. Hago lo propio. “Aquel que sea asimétrico a sus hermanos, no se elevará”.
Doy gracias por la sencillez de todo esto. Por la claridad del agua en mi vaso. Por el hecho de que alguien haya tenido la infinita generosidad de mostrarnos una manera de ordenar todo. “Quien esté desordenado, no se elevará”.
Doy la vuelta al cuenco vacío, alineo el tenedor con el canto de la mesa y comienzo a analizar mis pensamientos, limpiándolos de cualquier vestigio de mi yo anterior: amores, odios, dependencias, ilusiones, esperanzas, traumas, logros, fracasos. Me han enseñado a hacerlo. He tenido buenos guías. Pero me sorprende lo sencillo que me resulta deshacerme de todo ello. “Quien no esté vacío, no se elevará”.
Tras unos cuantos minutos de concentración, llega el sopor. Ligero, al principio. Implacable a medida que se van sucediendo los minutos. En un momento dado, todo en mi se detiene y mira hacia arriba.
Trece horas después la puerta se abre violentamente, y un grupo de la Policía Nacional descubre los 76 cadáveres. Pero ya no estan allí. Se han elevado.
A mí me rodea un enjambre. Puedo oirlos recorrer la habitación mientras hablan por radio. Alguien me coge una vía, pero apenas siento entrar la aguja. Van a trasladarme en helicóptero al hospital más cercano, dicen. No se explican cómo sigo respirando. La verdad es que yo tampoco.
¿Qué he hecho mal?


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