Lo que importa

Un día, todo lo que le importaba entró por la puerta, le miró a los ojos y le dijo: “No me importas”.

UNA IDEA

Una vez más, vuelvo la vista hacia la barra.

Están todos.

Tano Beltrán, Director Creativo de Icon DDGT. Rufo Ménem, Director Creativo Interactivo en La Rata. Sebastián Rascadó, Director de Arte en Sternon & Fémur y antigua mano derecha de Oriol Peruggia, fundador de la mítica agencia “Perú”. También Hugo Sénder y Lance Weinberg, tándem creativo responsable del aplaudido nuevo rumbo de The Living Room Agency. Sereno Steinberg, Premio Nacional de Diseño y colaborador habitual de Marshall OBT Spain acaba de sumarse al grupo.

Calculo que, entre todos, suman algo así como 25 Leones de Cannes.
Por eso me resulta tan curioso que la única idea que ahora mismo tengan todos en la cabeza sea follarse a la camarera.

Fantasmas

Se llamaba Sebastián, aunque nadie le preguntaba su nombre al subir al autobús. Solo un niño de mirada estrábica había hecho un amago cierta tarde de 1978, en una carretera secundaria cerca de Colmenar Viejo. Pero su padre, previo pescozón, no había dudado un segundo en arrastrarle hacia los asientos del fondo. Los pies del crío trastabillaron durante un segundo sobre el suelo metálico y las migas residuales de su bocadillo de jamón se precipitaron al vacío desde su jersey de cuello vuelto.

Las migas en el metal acabaron por ceder terreno a las migas en la moqueta, y el aire acondicionado le ganó la partida a las ventanillas correderas. El número de plazas aumentó. Las carreteras aprendieron a crecer en línea recta. Pero Sebastián siguió siendo Sebastián.

Nunca le importó ser un fantasma. Tampoco ponerse una sonrisa cada vez que recibía a los viajeros, ni llevarles a su destino por largo o esquivo que resultara el trayecto. Fueron las esperas las que, muy al principio, estuvieron a punto de volverle loco. Las horas en aquella cabina, y la lentitud con la que todo parecía avanzar en torno a aquel asiento granate mientras sus pasajeros se quemaban en un parque de agua, o visitaban unas cuevas de supuesto valor cultural.

Las ocasionales oportunidades de conversar con otros compañeros varados en las zonas de estacionamiento le resultaban, salvo fugaces excepciones, un ejercicio tedioso. Sebastián no entendía demasiado de dobles pivotes, fueras de juego o fichajes estrella.

Con el tiempo, se aficionó a Imaginar vidas. A fijarse en todas aquellas personas que subían al autobús, asignándoles nombres, profesiones, vicios y sueños. Lo hizo hasta que las personas se transformaron en personajes. Hasta que comenzaron a susurrarle al oído una historia que Sebastián decidió almacenar en una voluminosa libreta de espiral.

Comprobó que las horas encogían cada vez que la tinta marcaba el papel. Que cada nueva palabra le acercaba a encrucijadas que sabía resolver por instinto y que le producían un intenso sentimiento de  satisfacción.

Él jamás lo supo, pero las frases con las que tejía su relato tenían la armonía de Flaubert. Sus personajes, mucho del profundo sentido psicológico de Dostoievski. Inconscientemente, se encargó de ir perfilándolos en torno a una estructura dramática de una complejidad invisible. Destilando sus destinos, haciéndolos bailar al son de una música precisa, poética y terrible.

Seis horas después de terminar de escribir su primera y única novela, el corazón de Sebastián se paró. Lo encontraron de madrugada, tirado sobre el asfalto en una oscura vía de servicio. Sus labios aun sostenían la colilla de un cigarrillo.

Muchos otros conductores pasaron por aquel autobús antes de que  fuera retirado de circulación y estacionado en un cementerio de vehículos cercano a Teruel, a la espera de un desguace que no llegó jamás. Pero ninguno de ellos reparó en el manuscrito de Sebastián, sepultado tras ajados tickets de autopista, carpetas de plástico y envoltorios de chicle. Sigue en la guantera, viendo pasar los años. Esperando que, algun día, alguien libere a sus fantasmas.

Vida

Atrapé el pentápodo en el Valle Marineris, escondido tras una de las muchas rocas de estrato regular. Lo sostuve en mi mano durante al menos tres minutos, ignorando todos los protocolos de seguridad y cuarentena que me había llevado meses aprender. La cámara de mi casco llevaba semanas desactivada debido a los recortes que el proyecto había sufrido en los últimos presupuestos de la Compañía, así que nadie en Casa fue testigo del hallazgo.

La criatura, similar a una estrella de mar, presentaba una piel lisa, ligeramente resbaladiza, con vestigios luminiscentes que emitían una tenue luz morada. Sus apéndices, extraordinariamente musculosos, se aferraban al kevlar modificado de mis guantes, como queriendo poner a prueba su resistencia.

¿Dónde había estado escondido aquel bicho durante los últimos 5 años? ¿Cómo era posible que una expedición de 37 profesionales destinados a la zona hubiera sido incapaz de descubrir aquello que ahora mismo yo tenía en la mano?

Rellené uno de mis contenedores satélite con una buena capa de rocas y acomodé al pentápodo en su interior. Regresé a la base con la inconsciente parsimonia que se marca quien sabe que nadie le espera. Aun faltaban 78 horas para el siguiente Informe de Progreso: lo más parecido al contacto humano que mis empleadores podían ofrecerme dadas las dramáticas circunstancias económicas en la Tierra.

Me pasé el resto del día en el salón de recreo, envuelto en mi termobata, observando fijamente las ranuras acristaladas del contenedor mientras mordisqueaba lentamente las terrosas tabletas proteicas que nos habían enseñado a masticar durante los primeros días de entrenamiento: debíamos ingerirlas por contrato para prevenir posibles pérdidas de masa muscular. El Plan de nutrición desarrollado para el buen desempeño de la misión desterraba por completo el componente azar. Cada hidrato de carbono,  molécula de grasa, vitamina y caloría habían sido calculadas en torno a una cartesiana dieta inteligente adaptada a la actividad y el ritmo metabólico de cada miembro de la expedición.

Supongo que fueron precisamente aquellos 2132 días de ingesta programada los que me hicieron concebir la Idea, y jugar con los diferentes elementos de mi entorno para hacerla posible. Ser el ideólogo de la rebeldía más grande y anónima que la Humanidad jamás hubiera vivido.

La reserva de agua potable de la estación era uno de los pocos parámetros que la Compañía seguía controlando a distancia desde que dejamos de ser un equipo y me quedé solo al frente del proyecto. Cualquier pico de consumo poco habitual les animaría a hacer preguntas, así que se me ocurrió ir almacenando la condensación que se formaba en la superficie de algunos de los pilares de climatización y mezclarla con el chucrut en polvo que llevaba meses acumulado en el almacén oeste. Una buena base ácida que, combinada en la proporción justa con la pasta deshidratada de cacahuete que había sobrado en la última fiesta de despedida, daba lugar a una textura ligeramente oleosa: resultó perfecta una vez le añadí lo que pude salvar de las abandonadas lauráceas del invernadero superior y parte de la sal erosiva que nos habían traído para arrancar el óxido de la grúa.

El verdadero reto fue plantear el corte de la materia prima respetando una textura que, en muchos aspectos, me resultaba desconocida. Pasaron horas antes de que me decidiera a alcanzar el cuchillo y ponerme a ello.  Llevándome por la intuición, opté por porciones gruesas.

Acerté. Probablemente por primera vez desde que acepté formar parte de la expedición.

Quizá por eso, jamás me he arrepentido de lo que hice. Pude haber sido un héroe: el hombre que encontró vida en Marte. Pero decidí ser diferente. Convertirme en el primer ser humano en escabechar un organismo extraterrestre. El primer hombre en crear un encurtido fuera del globo terráqueo. La primera persona en tomarse un aperitivo sobre la superficie del planeta rojo.

Nadie se enteró de aquello, y jamás volví a encontrar otro pentápodo.Pero nada de eso me importó: durante aquellos 20 minutos me sentí único.

Vivo.

 

 

¡Qué pelazo se gastaba Kyle en “Showgirls”!

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Max Rebo: el Richard Clayderman de Tattoine.

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